Reseña del libro “El público y sus problemas” de John Dewey

Estructura y argumentos centrales

En 6 capítulos Dewey desarrolla sus argumentos sobre los orígenes y situación del público, pasando por su teoría democrática, para terminar con el problema de cómo tener un mejor público. El libro discute con The phantom public de Walter Lippman, asumiendo el mismo diagnóstico de este, pero llegando a conclusiones y recomendaciones diferentes.

Una primera discusión se presenta como telón de fondo, tiene que ver con la filosofía política y sus visiones esencialistas del Estado, el autor se distancia de esas posiciones, e introduce lo que va a ser el eje central de todo el libro, una idea del Estado como una dimensión del público, el cual se forma a partir de las externalidades de las interacciones privadas cuando desbordan el ámbito de los participantes directos en las mismas. Así pues en el eje de la fundamentación de la argumentación central del texto se levanta la distinción entre privado y público, estudiando ambos niveles como consecuencias de los actos humanos, el ámbito privado se evidencia en las consecuencias que afectan solo a los participantes de la transacción, y el ámbito público cuando las interacciones tienen efectos sobre otros, fuera de los participantes en la transacción. En últimas, la distinción es un tema de grados de los efectos de los actos privados. Es esto lo que da origen a el público-Estado, que se organiza en torno a la aminoración o gestión de las externalidades de algunas acciones privadas.

Más adelante se hace evidente la aceptación de Dewey del diagnóstico de Lippman respecto a la situación del público, reconociendo todos los elementos que lo eclipsan, o para Lippman, que lo convierten en un fantasma. Fenómenos como los grupos de interés, las corporaciones, el egoísmo, el aumento del entretenimiento ligado a los avances tecnológicos, y las debilidades de la comunicación pública impiden la consolidación de un público deliberativo y con impacto en la formación de una democracia real.

La comunicación es el eslabón perdido en su visión del público, que como ya dijimos concibe positivamente. Refrescando las raíces de la palabra comunicación, rescata comunidad y común, para darle un sentido acorde a su filosofía, en el cual el público pasará de ser un fantasma o del eclipse a ser algo material, un grupo o grupos organizados con conciencia de sí, y capaz de ser el faro orientador de la acción gubernamental, y ser el ente experimentador capaz de renovarse continuamente en el gobierno, evitando los males de la tradición moderna que ha convertido al Estado en el enemigo de la sociedad.

El pegamento de la democracia es la comunicación entre los ciudadanos, es esta la que crea y revitaliza el público, y son estos los que mantienen vivo el gobierno del pueblo. Para el momento en que escribió Dewey los avances científicos compartidos, comunicados a los ciudadanos comunes, también serían un aliciente para la construcción de públicos más activos y participativos. Esto lleva a la relación entre conocimiento y política, subyacente a la reflexión sobre la teoría democrática que desarrolla Dewey. Los expertos no deben ser los guías inspirados de la masa amorfa, más bien estos son parte del público, en función del cual trabajan, crean y participan del gobierno de la sociedad y del proceso democrático, los expertos ayudarían a mejorar el proceso de deliberación democrática. En este aspecto Dewey se desmarca radicalmente de Lippmann.

Comunicación, deliberación, implican participación, y a estos elementos remite aunque no de forma muy clara la última parte del libro, la del método. Solo será posible crear la Gran Comunidad con estos elementos, sumando los desarrollos tecnológicos al servicio del público y de la vida cívica, e involucrando y controlando a los expertos como combustible de una deliberación de mayor calidad que en últimas contribuya a las mejores decisiones. En este punto se evidencia con claridad como Dewey inspiró a Lasswell y sus ciencias de políticas.

Consideraciones críticas

Una primera e inevitable consideración deriva de la asunción de que el público se desarrolla de las externalidades de las interacciones privadas, sin discutir qué hace que las personas se encuentren, lo que de por sí parece remitir a una particular concepción del individualismo liberal en el autor que termina pareciéndose a una especie de mano invisible que lleva a las personas a interactuar, sin pensar en lo que es necesario que exista para que puedan interactuar sin limitaciones. Creer que el público se crea después de ciertos actos, olvida que no todos los problemas se evidencian como externalidades, y que no todas las externalidades generan públicos.

De otro lado, la concepción del Estado por sus públicos y por las consecuencias de actos privados que tienen efectos más allá de los participantes en las transacciones, parece dejar de lado la cadena de causas que lleva a la institucionalización de formas sociales para regular aspectos básicos de la vida comunitaria. Así la propuesta de mirar las consecuencias da la impresión de ser otra explicación quimérica del origen del Estado, alternativa a las ideas de estado de naturaleza y contrato social, una abstracción al fin y al cabo, que contradictoriamente reniega de las abstracciones filosóficas para explicarla. ¿En qué momento se lleva a cabo la primera transacción que genera consecuencias más allá de sí misma y por tanto un público para gestionar esos efectos?

Además, los argumentos sobre mejoramiento de los públicos, de mayor deliberación y el mejoramiento de las redes comunicacionales, no dejan de tener un sentido idealista, contradichos por la realidad empírica incluso en muchos países desarrollados. Los distractores que eclipsan al público no han desaparecido, y los argumentos de Dewey son muy escasos sobre cómo superarlos, nada dice sobre cómo atacar el entretenimiento, el corporativismo, o el egoísmo como obstaculizadores de las virtudes cívicas, y dar el paso a públicos de verdad comprometidos con la democracia y el interés común.

Finalmente, resalto la confianza del autor en la inteligencia humana para superar los problemas públicos, si bien tal vez, el camino no sea suponer que los públicos surgirán espontáneamente impulsados por los efectos de las interacciones de otros, descuidando la natural inclinación del hombre a seguir sus planes, a realizarse, y a construir colectivamente espacios que hagan perdurar los logros humanos, en un marco de fricciones, dinámica que tiene momentos de frenos, como las guerras, pero que también se mueve hacia adelante, con la aparición de grandes líderes, grandes genios, o la explosión de momentos de trabajo colectivo conjunto, que organizan y reorganizan la vida en sociedad, en una interacción compleja entre lo social y lo individual, entre el egoísmo y el altruismo, y más allá del sistema económico y político en que Dewey desarrolló su pensamiento.

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